
A lo largo de nuestra vida, nuestro cuerpo sufre el envite de diversas dolencias de menor o mayor consideración. Desde la infancia, nuestros anticuerpos se enfrentan con diversas circunstancias que van, desde la más normalizada de las enfermedades como un -resfriado-, a amenazas más severas que ponen en peligro nuestra integridad. En esos momentos, el juego funciona, más que nunca, como un termómetro para nuestro estado, por un lado, y como auténtico revulsivo en el tratamiento y la recuperación por otro.
Esto es porque el juego, como ya se ha dicho en diferentes ocasiones, es el estado natural de la infancia. La mejor forma de comprender el mundo, transformarlo, estimarlo. La actitud lúdica en la infancia se convierte, cuando sobreviene la enfermedad, en una orientación sobre el efecto que ésta tiene sobre el niño o niña: que una criatura no tenga ganas de jugar puede ser un síntoma de que algo no funciona como debiera.
Por otro lado, cuando la dolencia ya ha hecho acto de presencia, el juego es un medio fantástico para:
- Reír y disfrutar con el consiguiente efecto positivo sobre el sistema inmunológico.
- Evitar el aburrimiento.
- Aprovechar las capacidades de cada niño y niña para el juego como terapia contra la enfermedad.
- Permitir que el niño exteriorice sus sentimientos y dé salida a sus miedos y angustias.
- Permitir la participación del niño en actividades familiares o grupales que le permitan una relación social normalizada.
Cuando se produce una situación en la que un niño cae enfermo, la cotidianidad cambia. Los hábitos se modifican. Los alimentos, los horarios… e incluso la propia percepción del cuerpo.
Sensaciones más o menos desconocidas se suceden, el malestar se instaura en su vida y la conciencia de su estado puede modificar su comportamiento, ya sea simplemente porque no se encuentra bien, porque se anticipa y prevé un desenlace del mismo que le satisface más o menos o porque ve a su familia nerviosa y preocupada.
En esos momentos, se trate de una varicela o de un ingreso hospitalario por una enfermedad grave, el juego adopta un papel terapéutico para paliar los efectos de esa situación “extraña” en su vida. En el caso de las enfermedades llamadas comunes, es habitual que, al final, lo que quede es el recuerdo de estar en cama, entre aburrido y aliviado por no ir al colegio, mientras mamá trae zumos y caldo caliente, jugando con los muñecos, leyendo cuentos o durmiendo. Pero en enfermedades que requieren hospitalización, la situación es distinta. Y ahí es donde, más que nunca, hemos de potenciar ese efecto terapéutico del juego.
Afortunadamente, por parte del niño, incluso en momentos críticos, la actitud lúdica permanece y eso le ayuda a enfrentarse a sus circunstancias de una forma tan eficaz. En este momento es crucial que los adultos facilitemos las condiciones para que el juego sea posible.
La hospitalización es un proceso complejo para cualquier persona, pero posiblemente en el caso de un niño merece una atención diferenciada ya que se encuentra en una etapa que no dispone a su alcance de todos los recursos para entender y gestionar determinadas emociones y situaciones. La realidad del niño hospitalizado cambia desde aspectos más individuales como de aspectos más vinculados al entorno:
- Su debilidad los puede volver apáticos y pasivos.
- Se ven incapaces de reaccionar normalmente a los estímulos externos.