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viernes, 11 de enero de 2013

¡Recoger los juguetes puede ser divertido!


Desde que los niños son muy pequeños insistimos en que recojan sus juguetes después de usarlos.
Es indiscutible que ésta práctica es recomendable para instaurar el hábito lo antes posible.

Recoger los juguetes, los juegos y la habitación tiene aportaciones educativas:
   
  •  Los niños se hacen responsables del cuidado de sus cosas.
  •  Aprenden a colaborar en las tareas de la casa.
  •  Valoran más lo que tienen.
  •  Obtienen provecho pedagógico al utilizar los colores y los tamaños para clasificar.

Pueden divertirse y compartir con los padres si “recoger” se convierte en una actividad que “hacemos juntos”
 
Sin embargo, los niños tienden a oponerse a estas tareas, especialmente después de haber estado jugando ¡hasta que sus fuerzas se han agotado!. Para que la actividad pueda ponerse en marcha con buen pronóstico de éxito, es oportuno tener en cuenta algunos trucos que, además, entusiasmarán a los niños a participar y le permitirán divertirse al mismo tiempo:

*  Utilice cajas y recipientes pequeños y evite los baúles grandes donde todo se guarda mezclado y de golpe.

*   Dele a la actividad un carácter lúdico en lugar de presentarla como una obligación. Por ejemplo: yo me encargo de las piezas y tú de los libros ¿vale?, ¡preparados, listos, ya!; cantamos una canción mientras,...a ver quién deja los cajones más bonitos, ….¡juguemos a poner junto lo que va junto! (Clasificar).

*   Use frases positivas y tonos de voz que animen en lugar de darle “pistas” de que es algo desagradable usando un tono de voz enérgico y una orden como si anticipáramos que se va a oponer. Por ejemplo: ¡vamos a poner las piezas en esta caja!. Con los más pequeños, entonar ¡A guardar a guardar, cada cosa en su lugar, despacito sin romper que mañana hay que volver!, resulta una estrategia muy efectiva y divertida.

*   Procure decirle, lo más concretamente posible, lo que quiere que haga; en lugar de decir de forma general: “¡recoge los juguetes!” o “¡recoge tu habitación!”

*   Recuerde que cada niño es único, por lo que las estrategias que pueden servir para unos no funcionan para otros. Sin embargo, nos pueden ayudar a agudizar nuestra imaginación y permitirnos crear estrategias propias que si nos resulten efectivas.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Juego y juguetes para el niño hospitalizado


A lo largo de nuestra vida, nuestro cuerpo sufre el envite de diversas dolencias de menor o mayor consideración. Desde la infancia, nuestros anticuerpos se enfrentan con diversas circunstancias que van, desde la más normalizada de las enfermedades como un -resfriado-, a amenazas más severas que ponen en peligro nuestra integridad. En esos momentos, el juego funciona, más que nunca, como un termómetro para nuestro estado, por un lado, y como auténtico revulsivo en el tratamiento y la recuperación por otro.

Esto es porque el juego, como ya se ha dicho en diferentes ocasiones, es el estado natural de la infancia. La mejor forma de comprender el mundo, transformarlo, estimarlo. La actitud lúdica en la infancia se convierte, cuando sobreviene la enfermedad, en una orientación sobre el efecto que ésta tiene sobre el niño o niña: que una criatura no tenga ganas de jugar puede ser un síntoma de que algo no funciona como debiera.

Por otro lado, cuando la dolencia ya ha hecho acto de presencia, el juego es un medio fantástico para:
  • Reír y disfrutar con el consiguiente efecto positivo sobre el sistema inmunológico.
  • Evitar el aburrimiento.
  • Aprovechar las capacidades de cada niño y niña para el juego como terapia contra la enfermedad.
  • Permitir que el niño exteriorice sus sentimientos y dé salida a sus miedos y angustias.
  • Permitir la participación del niño en actividades familiares o grupales que le permitan una relación social normalizada.

Cuando se produce una situación en la que un niño cae enfermo, la cotidianidad cambia. Los hábitos se modifican. Los alimentos, los horarios… e incluso la propia percepción del cuerpo.

Sensaciones más o menos desconocidas se suceden, el malestar se instaura en su vida y la conciencia de su estado puede modificar su comportamiento, ya sea simplemente porque no se encuentra bien, porque se anticipa y prevé un desenlace del mismo que le satisface más o menos o porque ve a su familia nerviosa y preocupada.

En esos momentos, se trate de una varicela o de un ingreso hospitalario por una enfermedad grave, el juego adopta un papel terapéutico para paliar los efectos de esa situación “extraña” en su vida. En el caso de las enfermedades llamadas comunes, es habitual que, al final, lo que quede es el recuerdo de estar en cama, entre aburrido y aliviado por no ir al colegio, mientras mamá trae zumos y caldo caliente, jugando con los muñecos, leyendo cuentos o durmiendo. Pero en enfermedades que requieren hospitalización, la situación es distinta. Y ahí es donde, más que nunca, hemos de potenciar ese efecto terapéutico del juego.

Afortunadamente, por parte del niño, incluso en momentos críticos, la actitud lúdica permanece y eso le ayuda a enfrentarse a sus circunstancias de una forma tan eficaz. En este momento es crucial que los adultos facilitemos las condiciones para que el juego sea posible.

La hospitalización es un proceso complejo para cualquier persona, pero posiblemente en el caso de un niño merece una atención diferenciada ya que se encuentra en una etapa que no dispone a su alcance de todos los recursos para entender y gestionar determinadas emociones y situaciones. La realidad del niño hospitalizado cambia desde aspectos más individuales como de aspectos más vinculados al entorno:

  • Su debilidad los puede volver apáticos y pasivos.
  • Se ven incapaces de reaccionar normalmente a los estímulos externos.